Las memorias de Josefina

Memorias sobre Josefina Cuesta Bustillo

por Rubén Kotler

Mientras escribo estas líneas no puedo dejar de pensar la tristeza que me provoca la repentina partida de la historiadora Josefina Cuesta. La semblanza que sigue no busca ofrecer un currículum vitae de la catedrática sino que, a partir de algunas anécdotas personales, pretende mostrar el lado más humano de quien fuera una de las académicas más generosas que he conocido. Para semblanzas de sus aportes al campo historiográfico, no faltarán colegas que hagan un raconto de su enorme producción centrada en la historia reciente de España y en la cuestión de la memoria, de la que era una de las más importantes especialistas en Europa.

Mi primer encuentro con Josefina fue con posterioridad a la primera o segunda clase del doctorado en el que ella era docente en la Universidad de Salamanca. Fue por los comienzos de 2006. Me invitó a conversar luego de tomar nota sobre mis temas de interés. Teníamos en común la preocupación por las memorias de las dictaduras y post dictaduras en España y en Argentina.  Por esos años, la bibliografía digital a la que uno, estudiando en una universidad del interior de Argentina podía acceder, era escasa, por lo que yo realmente había leído poco de Josefina aunque conocía algo de su producción. Me sorprendió ese primer encuentro por varios motivos. El primero es que aun siendo yo un joven estudiante del doctorado, recién llegado a España, me tratara de tú a tú. No buscó examinarme, como suelen hacer los “consagrados” y la conversación fue muy amena. Inmediatamente descubrí que quería que ella fuera mi directora de tesis. Antes de concluir nuestra primera charla informal, sacó de una pila de libros, papeles y anillados, un manuscrito suyo conteniendo algunos capítulos de un libro en el que estaba trabajando sobre un estudio comparativo entre las dictaduras española y latinoamericanas. Me entregó el anillado y me pidió que lo leyera y que cuando yo pudiera, se lo comentara. Quería saber mi opinión sobre “su” trabajo. Así comenzó a gestarse esa relación que suele establecerse entre un maestro –maestra- y un discípulo.

Los encuentros siguieron entre las clases del doctorado y las novedades que surgían: que si una publicación, que si un encuentro académico, que si un consejo. En 2007 se dieron varios guiños de su parte para conmigo. El primero fue invitarme a que diera una clase, dentro de su curso de doctorado, sobre historia oral. Si bien ella era conocedora de aspectos teóricos no se consideraba una historiadora oral. Poco después me invitó a publicar en un número especial de la prestigiosa revista de Historia Contemporánea de la Universidad de Salamanca. Era un monográfico sobre memoria que ella coordinaba por los 25 años de la revista. Para mí fue como comenzar a jugar en primera división. En Tucumán, donde crecí y me formé en el grado, no solo nunca me habían invitado a escribir sino que tampoco mis profesores de formación, habían tenido semejante generosidad. Aquel monográfico editado por la Universidad de Salamanca, abría con un artículo de Gérard Namer, con quien Josefina tenía estudios sobre el tema memoria. Ese mismo año le comenté que yo viajaba unos meses a Argentina y que en octubre se celebraba el Encuentro nacional de Historia Oral y que yo, como miembro de la comisión directiva de la Asociación de Historia Oral de la República Argentina, la invitaba a dar la conferencia central. Ella no sólo aceptó la invitación sino que consiguió los pasajes para viajar y dar la conferencia central referida a uno de los temas que une a quienes hacemos historia oral: la memoria. Como siempre, desplegó todo su saber de manera didáctica y lo compartió generosamente. Hubo oportunidad de tomarnos “una caña” en los recreos del encuentro y comentar cómo avanzaba mi trabajo con el que terminaría mi periodo de investigación en el doctorado.

Pasaron los meses y me acompañó en el trayecto final del doctorado. Fue mi directora de tesis y si bien pasaron varios años entre mi regreso a Argentina y mi defensa en la Universidad de Salamanca, cada año me enviaba un mensaje de salutación que cerraba con el siempre “por un año doctoral”. Se dio finalmente en 2013 la defensa en la que me acompañó mi madre. En ese entonces hicieron buenas migas y eso también fue una forma de demostrar que para Josefina no había que ser académico o académica a fin de entablar una relación de amistad. Con el tiempo surgió la publicación de mi tesis en formato libro y otra vez su generosidad para prologar la edición, un prólogo que guardaré como uno de los bienes más preciados: el comentario de mi maestra sobre la culminación de una etapa como es el doctorado. Creo que recién con el libro publicado y su firma en el prólogo pude empezar a decir, sin sentir vergüenza, que era historiador. Si la validación que en los títulos universitarios se da a partir del reconocimiento de la comunidad científica a nuestros trabajos, el reconocimiento de Josefina implicaba una doble validación: ella como historiadora especializada en los temas que yo estudiaba y en la maestra de quien aprendí no solo a leer un texto o un documento.

El broche de oro a todo lo anterior fue la organización del encuentro nacional de historia oral de Argentina en Tucumán, en octubre de 2016. Una vez más invitamos a Josefina a dar la conferencia inaugural. Y una vez más, como en 2007, consiguió sus pasajes y en plena crisis económica argentina, viajó a nuestro país, para acompañarnos en el contexto del Bicentenario. Para mí, que ya me reconocía su discípulo, contar con la presencia de Josefina en un encuentro organizado “en casa” fue sí el cierre que me debía y que sólo ella podía dar.

En aquel entonces el diario local, La Gaceta, la entrevistaba por medio de su periodista Guillermo Monti. Una pregunta y su consecuente respuesta, sintetizaba no solo la conferencia que dio Josefina si no su vasta trayectoria y conocimiento sobre la cuestión del cruce de historia y memoria. El periodista le preguntaba el porqué de la importancia de recuperar la memoria de los procesos históricos y ella respondía: “Porque el hecho de no utilizarla nos quita una herramienta crítica para analizar nuestra sociedad. Pero la memoria también tiene trampas y ese fue el tema de la conferencia inaugural del congreso. El de la memoria es un proceso complejo, en el que se acumula el recuerdo, pero también el olvido, el cambio, la mitificación y la desmitificación. Cuento lo que me gusta y olvido lo que es negativo para el presente.”

Vamos a extrañar a Josefina. Y perdón mi egoísmo en decirlo fuerte y claro: voy a extrañar a Josefina. Con ella se va una parte de quien soy como profesional de la historia, no la única, pero si una parte importante. Sus libros, artículos o conferencias no van a reemplazar nunca el intercambio de ideas que pude sostener con ella, pero si van a contribuir a que podamos contemplar su memoria y los legados que hizo al campo historiográfico.

Para terminar simplemente digo gracias Josefina. Y hasta siempre.

Para una semblanza leer Muere Josefina Cuesta, pionera de la memoria histórica en España, de María José Turrión

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4 comentarios sobre «Las memorias de Josefina»

  1. Gracias Rubén por compartir este lado humano, de todos esos grandes seres que van por el mundo haciendo el bien desde sus trincheras. Descanse en paz la Dra.

  2. Salud

    Qué gran profesora, como dices, siendo ya catedrática y demás, era capaz de tratar de igual a un alumno o alumna, poniendo en valor a la otra persona y, además, enseñándole en el camino. Buena historiadora.

    Gracias por compartir esto, Rubén.

    Un cariñoso recuerdo para la familia de nuestra profesora.

    Hasta luego 😉

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