El Ferreyrazo, la rebelión que detonó el Viborazo

por Rodolfo Laufer*

Especial a 50 años del Viborazo

El 12 de marzo de 1971, convocados por el SITRAC-SITRAM clasista, obreros, estudiantes y vecinos de los barrios circundantes a las plantas de Fiat en Córdoba protagonizaron el Ferreyrazo. El brutal asesinato del joven obrero Adolfo Cepeda en medio de la represión fue la chispa que terminó de encender la pólvora del segundo Cordobazo.

No parece casualidad que el 50° aniversario del Viborazo que se cumple por estos días no haya suscitado un despliegue de jornadas, charlas, artículos e iniciativas semejante al que originó el del Cordobazo dos años atrás. Más allá de las diferencias entre ambos sucesos y de las atendibles circunstancias pandémicas, intuyo que, en el fondo, las razones son esencialmente políticas: mientras, resaltando uno u otro de sus aspectos, los más amplios sectores han hallado la forma de reivindicar y disputar el contenido de la rebelión de mayo del 69, el segundo Cordobazo aparece como un acontecimiento más difícil de desligar de la experiencia del sindicalismo clasista. No porque los obreros y dirigentes de Fiat hayan oficiado como sus protagonistas exclusivos, pero sí porque se puede decir que la tónica del Viborazo la puso SITRAC-SITRAM. Si la reprimida asamblea del SMATA Córdoba el 14 de mayo de 1969 fue el punto de inicio de la escalada de confrontaciones que desembocaron en el Cordobazo, el mismo rol lo cumpliría en este caso el Ferreyrazo.

Se viene el estallido

La designación por parte de Levingston de José Camilo Uriburu como nuevo gobernador de Córdoba el 2 de marzo de 1971 tensó al máximo los ánimos de los cordobeses. El perfil aristocrático y reaccionario del extravagante mandatario, y la increíble torpeza política que mostró en su discurso en Leones, amenazando con cortar la cabeza de la “venenosa serpiente” subversiva que veía alojada en Córdoba, sumaron pólvora a una provincia a la que no le faltaban tensiones. Hay que recordar que el año 1971 había ya comenzado con dos contundentes triunfos populares: la toma de Fiat Concord ante el intento de despido de los dirigentes del SITRAC y la lucha del estudiantado universitario contra los exámenes de ingreso obligatorios. A esto se sumaron pronto otros conflictos particulares en IKA-Renault, empleados públicos, judiciales y no docentes de la UNC en torno a las reabiertas negociaciones colectivas. 

Pero el otro elemento que es necesario tener en cuenta para comprender el Viborazo es la fuerte crisis en la que por entonces se hallaba envuelta la CGT Córdoba. En marzo de 1970, el acuerdo entre las dos alas del sindicalismo peronista local —legalistas y ortodoxos— había permitido la reunificación de la central obrera bajo la dirección de Elpidio Torres (SMATA). Tan solo unos meses después, la oleada de tomas fabriles y la “huelga larga” del sindicato mecánico mostraron que el “Vandor cordobés” había perdido el control de sus bases. La debacle del dirigente del SMATA y la atizada disputa dentro del justicialismo por el control de la reorganización partidaria, hicieron que la alianza sindical peronista no tardara en estallar. Torres tuvo que renunciar a la Secretaría General de la CGT Córdoba, acompañado luego por los restantes miembros legalistas de la conducción y poco después abandonaría también la dirección del sindicato mecánico. La central obrera quedó acéfala, con un menguado Secretariado frágilmente controlado por los ortodoxos que encabezaba Alfredo Martini (UOM) y funcionando en base al plenario de gremios.

En ese marco, ambos sectores peronistas experimentaron un reacomodamiento político-sindical. Liderados por Atilio López (UTA), los legalistas se fueron alejando del vandorismo para alinearse con la llamada ala “combativa” de las 62 Organizaciones junto con Guillán y De Luca. En tanto que los ortodoxos rompieron con lo que quedaba de la CGT de los Argentinos y comenzaron a reintegrarse al redil verticalista dirigido por Rucci desde la CGT Nacional. También los gremios independientes de Córdoba que lideraba Agustín Tosco se reubicaron. Con el sindicato de Luz y Fuerza intervenido, excluidos de la nueva conducción de la CGT Córdoba y testigos del desmoronamiento de la CGTA, encontraron refugio en el nuevo Movimiento Nacional Intersindical (MNI) que agrupó a todos los sectores no peronistas que habían formado parte de la CGT Paseo Colón. Al mismo tiempo, Tosco dio un paso más en su radicalización al comenzar a dar forma a lo que denominó el “sindicalismo de liberación”.

Fue en ese contexto cuando los nuevos SITRAC-SITRAM salieron a la palestra sindical cordobesa. La crisis brindó la oportunidad para que los sindicatos de Fiat se convirtieran, por primera vez, en el epicentro del movimiento obrero de Córdoba, cuestionando vehementemente el impasse cegetista y rozando por momentos el “paralelismo sindical”. En ese marco, sus dirigentes realizaron un acelerado proceso de politización y radicalización, estrechamente ligados a las organizaciones de la izquierda revolucionaria marxista y peronista. El rotundo triunfo de la toma de Concord en enero de 1971 dio proyección nacional a lo que comenzaba ya a conocerse como la nueva corriente clasista, identificada con la democracia sindical, una intransigente combatividad y la recuperación de los postulados de la lucha de clases y el socialismo.

Los conflictos abiertos en las negociaciones paritarias y las amenazas de Uriburu forzaron al movimiento obrero cordobés a que, sin haber superado aún su crisis, emprendiera un plan de lucha. El 3 de marzo se concretó el primer paro activo del año, con un masivo acto en Plaza Vélez Sársfield en el que, en nombre del SITRAC, Gregorio Flores defendió públicamente la lucha armada y el socialismo. No eran palabras usuales en los actos cegetistas. Tras el mitín, una columna se dirigió a la Cárcel de Encausados para exigir la libertad de los presos políticos de las organizaciones revolucionarias.

El debate en torno a las próximas medidas a tomar mostró las fuertes fisuras que atravesaban al sindicalismo local. A modo de dirección transitoria, el plenario de gremios había conformado una Comisión de Lucha integrada por los sindicatos en conflicto y representantes de todos los sectores. Tras deliberar, esta propuso una jornada de ocupaciones simultáneas de los lugares de trabajo durante cuatro horas. Los dirigentes de SITRAC-SITRAM se opusieron, argumentando que si se avisaba de las tomas con anticipación no se podría tomar rehenes, lo que facilitaría una represión que, era evidente, comenzaría por Fiat. Viéndose en minoría, decidieron realizar un acto por su cuenta y retirarse de la Comisión, que quedó bajo la reconstituida alianza entre Tosco y López, y con los ortodoxos cada vez más incómodos. La polémica, como es lógico, desbordaba las cuestiones tácticas. No fue casualidad que, por esos días, mientras los peronistas reivindicaban el lanzamiento de La Hora del Pueblo y Tosco aparecía como una de las principales figuras del Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA), los sindicatos de Fiat aprobaran la famosa consigna “Ni golpe ni elección, revolución”.

Ferreyra en llamas

El 12 de marzo, ante el espanto del gobierno y las entidades empresariales de Córdoba, más de un centenar de fábricas, reparticiones públicas, comercios, diarios y hospitales fueron ocupados por sus trabajadores. Con la única excepción de Luz y Fuerza, las tomas fueron pacíficas y en gran medida simbólicas y, tal como estaba previsto, a las dos de la tarde se dieron por terminadas. La medida mostraba sin dudas la fortaleza del movimiento obrero cordobés, pero, al mismo tiempo, su moderación contrastaba con la gran oleada de ocupaciones con rehenes y operativos de autodefensa del año anterior.

Pero lo que dio la nota ese día fueron los hechos que se produjeron en los barrios de Ferreyra y Nicolás Avellaneda, circundantes a las plantas de Fiat. Por la mañana, respondiendo al llamado de SITRAC-SITRAM, más de 2.000 obreros de la empresa italiana y otras plantas de la zona junto con estudiantes se reunieron en el paso a nivel frente a Materfer. Apenas iniciado el acto, mientras hablaban los primeros dirigentes de Fiat, llegó la noticia de la detención del padre Ángel Giacaglia, un sacerdote tercermundista solidario con las luchas obreras. Ante esto, el Secretario General del SITRAC, Carlos Masera, propuso a los presentes marchar al barrio: “Ahí haremos acto público, y si la policía, o quien nos quiera reprimir… nosotros estaremos en nuestra casa, estaremos en un barrio obrero”. Una vez allí, mientras se oían las voces de oradores improvisados, algunos comenzaron a montar barricadas y fogatas. Tras su liberación, el cura se hizo presente para agradecer por la solidaridad recibida y sostuvo: “SITRAM, SITRAC y todo aquel que lucha contra los explotadores: la parroquia de Ferreyra seguirá estando abierta”.

Poco después, ante la llegada de los bomberos y la infantería de la policía para disolver las barricadas, comenzaron los enfrentamientos. A las piedras de los obreros y vecinos, las fuerzas represivas dirigidas por el Jefe de Policía Julio Sanmartino respondieron directamente con disparos de armas de fuego.

En el centro, el padre Giacaglia tras ser liberado. De anteojos, con los brazos en alto, Florencio Díaz, Secretario General del SITRAM.
Enfrentamientos y fuego en la estación de Ferreyra.

En medio de los choques, un disparo en la cabeza terminó con la vida de Adolfo Ángel Cepeda, un obrero de 18 años que vivía en el barrio y trabajaba en la firma Póster Cemento. Cepeda era el principal sostén de un hogar constituido por su madre, Nicomedia, viuda y empleada doméstica, y su hermano pequeño incapacitado. Testigo directo de los hechos, su madre relató posteriormente a la revista Siete Días: “«Yo vi al que mató a mi hijo: es un policía morocho, más bien gordo, que mide un metro sesenta. Usaba casco marrón y un uniforme de fajina, color gris, con cinturón negro». Nicomedia cuenta que su hijo estaba en la plaza “viendo cómo la policía dispersaba a los curiosos y a los obreros del barrio que se preparaban para ir al centro. Ya se iban los agentes, cuando uno de ellos se fijó en Adolfo: «Manga de hijos de perra. ¡Los voy a matar!», gritó el policía. «Sus compañeros —sigue la madre— se dirigían al Torino de la repartición. El policía se encaminó junto con ellos, luego titubeó, se dio vuelta y cambiando de mano la escopeta de tirar gases, agarró el revólver con la derecha, apuntó cuidadosamente y tiró. Mientras los cuatro policías se metían en el coche, yo corrí a ayudarlo a mi hijo. Estaba tirado en el suelo, casi sonriendo, con la cabeza cubierta de sangre. Adolfo me miró fijo y se quedó. No duró nada, no alcanzó a decirme nada. Murió en mis brazos»”. 

Cínicamente, y a pesar de las decenas de testigos del hecho, la Policía de Córdoba y el Ministerio del Interior de la dictadura pretendieron responsabilizar de la muerte de Cepeda a un francotirador perteneciente a “los elementos subversivos que actuaron en esa oportunidad”, quienes lo habrían ejecutado con el objetivo de “crear otra víctima para explotar política y emocionalmente el episodio”. Y, rozando la caricatura, hicieron circular la versión de que se había visto en la zona a un hombre “con vaquero azul, chomba negra y sombrero americano blanco, 1,80 de estatura, morocho, delgado, que llevaba un arma larga con doble cargador y revólver a la cintura”. La revista cordobesa Aquí y Ahora no pudo más que satirizar la disparatada información: según la fantasía policial, “como en el far-west, los modernos «sheriffs» que no utilizan caballos, fueron los encargados de restablecer el imperio de la ley”.

Enterados del asesinato, los obreros del segundo turno de Fiat Concord, Materfer y Grandes Motores Diesel realizaron un abandono y se sumaron a los iracundos combates, que se prolongaron hasta entrada la noche. En tanto que la Comisión de Lucha de la CGT dispuso la continuación del paro durante otras 24 horas.

Durante el velatorio de Cepeda en el Barrio Avellaneda, frente a los rumores de que la policía podría secuestrar el cuerpo, volvieron a montarse barricadas y se conformaron grupos de custodia. Y el 14 de marzo, una imponente multitud de más de 6.000 personas acompañó el cortejo fúnebre hasta el Cementerio San Vicente. A pesar de no pertenecer a la organización, el féretro fue cubierto con una bandera del ERP. El PRT aclaró en su periódico: “Cepeda no era combatiente de la organización ERP. Pero fue un combatiente del Pueblo que murió luchando contra el enemigo, construyendo el Ejército Revolucionario del Pueblo. Por eso la familia y el pueblo la aceptaron y Cepeda fue enterrado con los honores militares de los combatientes populares”. Según algunas versiones, las vinculaciones políticas del obrero asesinado eran con el radicalizado Peronismo de Base cordobés. En el cementerio hablaron el padre Giacaglia, José Páez por el SITRAC y Raúl Suffi por el SITRAM, quienes se comprometieron a seguir la lucha en honor al joven caído.

El Ferreyrazo y el asesinato de Cepeda fueron la gota que finalmente rebalsó el vaso. Un nuevo plenario de gremios de la CGT repudió la represión y rindió homenaje al joven como nuevo “mártir que se suma a la larga nómina de luchadores caídos”. Presionados por los dirigentes de Fiat, y con un gran esfuerzo de Tosco para mantener la unidad de acción entre todos los sectores, el plenario condenó la “pasividad cómplice” de la CGT Nacional y resolvió la continuidad del plan de lucha, convocando a un nuevo paro activo con movilización y acto en el centro para el 15 de marzo. El Viborazo ya tenía fecha. Controlados por dirigentes “amarillos”, los sindicatos de Fiat habían faltado a la cita de mayo del 69. Menos de dos años después, con su nueva dirección clasista, SITRAC-SITRAM marchaban hacia el segundo Cordobazo a la cabeza del movimiento obrero cordobés.

Homenaje a Cepeda en el Barrio Nicolás Avellaneda
Multitudinario entierro de Adolfo Cepeda.

* Historiador. Becario doctoral del CONICET. Investigador del Instituto Ravignani. Docente de la Universidad de Buenos Aires.

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